Oximoron


Mi palabra complementaria eras, no me completabas, me dabas el caos de la contradicción, la fuerza de la aventura trágica venida a mis lagunas de tiempo y encuentros suspendidos por la lluvia; la lluvia de aquí dentro, que sale por la boca en verborragias huracanadas que nunca me salvan de ti. Y de repente un "te quiero" valía menos que tirar una moneda al aire para decidir quién patea primero, los días se volvían un febrero de veintiocho días, acortados al final por el agotamiento, por el estiramiento inútil de las voces, nuestras voces, volcadas a las pantallas como expresiones de algún tutorial ridículo.
Y me creí la magia de las calesitas restauradas en el alma, el gesto de girar con los cinco dedos en el aire esa rueda de ilustraciones nítidas y peligrosos xilofones. Sentí todo, todo lo que no era mío y me regalabas desde tu lugar en la cama; nunca viví tu miedo hasta que me separo de tus ojos y me obligo a hundirme en la silla más incómoda. El rostro empezó a abrirse en cascaras de formas vagas, raspaduras del llanto que aguanta y tapa los poros; cintas de agua cubriendo las mejillas, la piel vuelta una celulosa insípida que ya nada puede decir de mi, de aquella musa que fui.
Me gustaba mirarte y no coincidir jamás en ese gesto; nos espiábamos sin que el otro notara la gracia del instante, el guiño a la vida que era la presencia desnuda. Lustre las botas para cruzar la autopista y enredarme en la lentitud de los trenes; un lucero me prometía algo más, alguien más, que escribiría a pesar del calor y los colores embravecidos de un paisaje exiliado. Pobres moldes de mis pies, ahora se amontonan en el espacio abreviado de mis pasos, en un altar sin ofrenda que conmemore la marcha de los descalzos.
Y lo que me merezca ya no importa, lo que tengo es apenas una pizca del "poder poético" que mato a Alejandra y deslumbró a Julio. Nadie nos dijo que la transparencia nos condenaría a ser invisibles, a la gente no le gusta observar lo sencillo que nos vuelve postergables; verás a través de mi el parque abierto dónde un árbol deshojado me cuenta del olvido, la ruta dónde vi morir la infancia junto con un par de mascotas, los testimonios de aerosol protegidos por la noche.
Ahora me marcho, es mejor así, el amor mediocre no es costumbre por aquí. Me saco la sombra de la espalda porque quiero el sol en la frente, la lumbre de todo lo que todavía no pasó, y me espera. No justifico tu silencio, pero lo acepto; sólo nosotros entendemos este juego de decir por lo contrario.




Comentarios