La lluvia.

La caída de la lluvia es más prolija cuando uno no está solo. El cielo se vuelve el colador dónde se filtran todas las tristezas del universo; el berrinche de un niño en la góndola del kiosco, el llanto mudo de una mujer cosiendo la propia herida, la angustia sin zapatillas de los que resisten el frío en la calle. Todos ven las gotas conspirar en los charcos, revientan contra el suelo como meteoritos invisibles, repiquetean en la palangana rosa enterrada en el baldío del mundo. 
Y qué importa mi dolor sí todos lloran igual o mejor que yo, si en esta humedad todo traje es arpillera y la cara se lava sola. 
La caída de la lluvia tiene la virtud de ordenar la vida, las habladurías del clima pueden derivar en grandes historias de amor. Aunque me digan que estoy sola, por dentro sé, que este agua es de todos.



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