Qué los cumplas.

Esperaba algo tuyo, un decir, con postdatas que recuerden otro tiempo, lejos de nuestros miedos. Hay un diccionario virtual que define la palabra "imposible" y utiliza la siguiente frase para ponerla en contexto: "es imposible que esté en dos sitios a la vez". Esta afirmación no es del todo cierta, yo si puedo estar en dos lugares en simultáneo, anoche lo comprobé cuando observaba a una pareja conversando en el descanso de la escalera.
La realidad es que me preocupaba demasiado que la camisa blanca, prestada, se arruinara en el sacrificio involuntario de un fernet. Bajo esta máxima ordinaria, me pare en la barra y me dedique a buscar chivos expiatorios para acunar mi raro y frecuente éxtasis literario. Mis amigos filmaban bajo la luz poco prometedora de un flash cegador pasos de baile forzados por el alcohol; tengo que admitir que yo los arrastre a este antro abusando de mi calidad de "cumpleañera". Es una linda impunidad esta de cumplir años, no suelo ser la persona de "las últimas palabras", mi silencio siempre lo provocan otros, con actos tan creativos como insulsos y autoritarios. 
Con un trago ya casi de utilería, simule un buen rato mi rancho en el borde de esa barra repleta de gente por conocer. No pasaba nada, los tipos jugaban a "tenerla clara", lo único claro era que no entendían nada, y parecer de veinte no te da estatuto de adolescente. La cosa se estaba poniendo intensa, no por desborde de contenido, al contrario, saturada de nadismos que no generan nada, el colmo del ayuno poético. 
Voy al baño, subo las escaleras que por suerte son anchas y arbitran bien las corridas de los casos urgentes. En el pasillo hay un espejo que te ensancha todo menos el ego, y cuando vas derechito al toilette arrastras la imagen de ese vidrio sicario que no perdona una. Para mi sorpresa había una cola importante en la baranda, dudé en quedarme, pero me sume a la fila, nada/nadie me esperaba en la pista. 
En ese momento, veo una parejita cerca de la escalera. Él tenía las manos sobre sus mejillas, le dirigía la mirada, quería licuarse en la retinas para difundirse en ese cuerpo de mujer joven. Ella nada que decir, las lágrimas le caían con una gravedad violenta, un agua abundante le esmaltaba la cara de una tristeza momentánea. Se me cerró el pecho, una tos nerviosa me sacudió la garganta, me quería quitar el último aire puro aspirado antes de entrar en el humo de la noche. Fue una especie de viaje intertextual poco placentero, me reconocí en ese rostro empapado, y sentí tus manos apretando mi mirada hasta sacar jugo de los ojos. 
Ahí entendí lo difícil que es poner lo imposible en contexto, hacer el esfuerzo implica habilitar algo de la posibilidad en ese juego discursivo, que lo imposible deje de ser imposible y se convierta en opción. Nada es imposible mientras pueda ser dicho, y yo no me canso de decirte; cuando veo las luces entrando en la persiana a medio abrir, cuando tu nombre tiene otra cara que no me atemoriza, cuando leo las cartas que nunca te envié para cuidarme de mí misma. Todo eso sos vos, y tiene más vida que tu presencia, que alguien le avise a la RAE que lo único imposible que podemos nombrar es la palabra desnuda de su ritual. Después de todo, lo literal, la realidad a secas, es para los pobres de espíritu, a mí me sobran vidas para contar.


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